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jueves, 21 de mayo de 2009


Imputabilidad de menores.

La convención internacional de derechos del niño, a la cual la Argentina adhiere nos dice que una persona es niño hasta los 18 años y no permite que estos sean castigados por el sistema penal como una persona mayor.
Los hechos de los niños deben estar bajo la responsabilidad de los mayores.
El sistema argentino admite la imputabilidad en una medida limitada para menores de entre 16 y 17 años y luego de los 18 la imputabilidad es plena.
La discusión que hace eco en la actualidad de si es necesario bajar la imputabilidad hasta los 14 años, proviene de la cantidad de delitos cometidos por menores de 16 años que son inimputables. (Estos datos, siempre con atención a las versiones oficiales de los medios de comunicación.)
Bajar la imputabilidad es la respuesta más próxima a los delitos cometidos por estos menores, pero de ninguna manera es la correcta. Su mayor impulsor en el último tiempo es el gobernador de la provincia de buenos aires. Que desde luego responde a las necesidades y apetencias del gobierno nacional.
Si divisamos el problema en un análisis solidario con los sectores más desprotegidos encontramos que la delincuencia juvenil no proviene de una característica de maldad en la persona, para nada. En principio somos todos iguales, lo que nos degenera es la sociedad. Algo ya nos decía Rousseau.
¿Por qué la delincuencia juvenil?- es la pregunta que debemos hacernos antes de juzgar a un niño por haber cometido un acto delictivo. Sin duda la desigualdad social vuelve a posarse en nuestro escritorio de análisis. El pibe que nada tiene para cenar, poco tendrá para divertirse, mientras se le refriega por la cara las posibilidades que poseen otros pares suyos. Ellos ni con el mayor esfuerzo del mundo podrán alcanzar ni una porción del pastel que la sociedad lega a unos pocos.
A esto además debemos agregar el uso que los mayores hacen sobre estos niños para cometer delincuencia sin mancharse las manos. He aquí dos aberraciones, la desigualdad que acontece desde el nacimiento mismo de las personas y el uso de niños para cometer delitos arriesgándolos a ser “bajados” por el gatillo fácil o la defensa de quien será víctima del delito, pero que por lo general es victimario de las desigualdades de las que hablamos antes.
Por un lado, si un niño nace pobre, muy difícilmente saldrá de esa situación aun con el esfuerzo incansable que pueda llegar a implementar. Además será explotado en cualquier trabajo que pueda conseguir y la plata fácil le permitirá poder llevar pan a su casa, siempre bajo el riego de perder la vida y pasar a ser un “CACO”(como lo llaman algunos).
Por otro lado existen personas que se dedican a planear delitos que serán cometidos por los niños. Sin renegar de la necesidad que aqueja a estas personas, nada justifica mandar a los pibes a realizar el trabajo peligroso y ser un blanco fácil para la policía. Es esta una actitud cobarde de quienes no poseen el coraje de enfrentar los actos con sus propias manos y carecen de todo sentido moral para con las principales víctimas de la desigualdad social, los niños.
El hambre es un crimen, sin lugar a dudas. La falta de educación, de salud y de medios para garantizar las necesidades básicas del ser humano, también lo son. Entonces los criminales ¿Quienes son? ¿Los pibes? ¿Los niños que nada tienen para comer y no conocen diversión? ¿Aquellos que sonríen una vez al mes? –si estos son los delincuentes, condenadme con ellos…
RODRIGO ACEVEDO.


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